A L T A R
El
altar, en el que se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos
sacramentales, es además la mesa del Señor, a cuya participación es convocado
el pueblo de Dios en la Misa; y es el centro de la acción de gracias que culmina en la Eucaristía.
La celebración de la Eucaristía, en el lugar sagrado, debe hacerse siempre
sobre el altar; fuera del lugar sagrado, puede hacerse también sobre una mesa
adecuada, usándose siempre el mantel y el corporal, la cruz y los candeleros.
Conviene que en
todas las iglesias haya un altar fijo, que es signo más claro y permanente de
Cristo Jesús, la Piedra viva (1P 2,4; Ef 2,20); en los demás lugares, dedicados
a las celebraciones sagradas, puede haber un altar movible.
El altar sea construido separado de la pared, de modo que se pueda caminar en
torno a él con facilidad y la
celebración se pueda hacer de cara al pueblo, lo cual conviene que en cualquier parte sea posible.
El altar ocupe el lugar que en verdad sea el centro hacia el que
espontáneamente converja la atención de toda la asamblea de los fieles. Por lo general será fijo y
estará dedicado.
Por reverencia a la celebración del memorial del Señor y al
banquete en que se ofrece el Cuerpo y la Sangre del Señor, ha de ponerse sobre
el altar al menos un mantel de color blanco, cuya forma, medida y ornato se
ajustarán a la estructura del altar.
Sobre la mesa del
altar se puede dejar solamente lo que se requiere para la celebración de la
Misa, a saber, el Evangeliario, desde el comienzo de la celebración de la Misa
hasta la proclamación del Evangelio; desde la presentación de las ofrendas
hasta la purificación de los vasos, el cáliz con la patena, el copón si es
necesario, y además el corporal, el purificador, la palia y el misal. Además se dispondrá
discretamente lo que tal vez sea necesario para amplificar la voz del
sacerdote.
Los candeleros, que se requieren en cada
acción litúrgica como expresión de
veneración o de celebración festiva (cf. n. 117), se colocarán en la forma más
conveniente, o sobre el altar, o cerca de él, teniendo en cuenta la estructura
tanto del altar como del presbiterio, de modo que todo forme una unidad
armoniosa y no impida a los fieles ver fácilmente lo que se hace y se coloca en el altar.
También sobre el altar o
junto a él haya una cruz con la imagen de Cristo crucificado, que pueda ser
bien vista por la asamblea congregada. Conviene que
esta cruz, al evocar a los fieles la pasión salvadora del Señor, permanezca
cerca del altar también fuera de las celebraciones litúrgicas.
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