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viernes, 4 de octubre de 2013



A L T A R


El altar, en el que se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales, es además la mesa del Señor, a cuya participación es convocado el pueblo de Dios en la Misa; y es el centro de la acción de gracias  que culmina en la Eucaristía.

La celebración de la Eucaristía, en el lugar sagrado, debe hacerse siempre sobre el altar; fuera del lugar sagrado, puede hacerse también sobre una mesa adecuada, usándose siempre el mantel y el corporal, la cruz y los candeleros.

Conviene que en todas las iglesias haya un altar fijo, que es signo más claro y permanente de Cristo Jesús, la Piedra viva (1P 2,4; Ef 2,20); en los demás lugares, dedicados a las celebraciones sagradas, puede haber un altar movible.

El altar sea construido separado de la pared, de modo que se pueda caminar en torno a él con facilidad y  la celebración se pueda hacer de cara al pueblo, lo cual  conviene que en cualquier parte sea posible. El altar ocupe el lugar que en verdad sea el centro hacia el que espontáneamente converja la atención de toda la asamblea de los fieles.  Por lo general será fijo y estará dedicado.

Por reverencia a la celebración del memorial del Señor y al banquete en que se ofrece el Cuerpo y la Sangre del Señor, ha de ponerse sobre el altar al menos un mantel de color blanco, cuya forma, medida y ornato se ajustarán a la estructura del altar.

Sobre la mesa del altar se puede dejar solamente lo que se requiere para la celebración de la Misa, a saber, el Evangeliario, desde el comienzo de la celebración de la Misa hasta la proclamación del Evangelio; desde la presentación de las ofrendas hasta la purificación de los vasos, el cáliz con la patena, el copón si es necesario, y además el corporal, el purificador, la palia y el misal.   Además se dispondrá discretamente lo que tal vez sea necesario para amplificar la voz del sacerdote.

Los candeleros, que se requieren en cada acción litúrgica  como expresión de veneración o de celebración festiva (cf. n. 117), se colocarán en la forma más conveniente, o sobre el altar, o cerca de él, teniendo en cuenta la estructura tanto del altar como del presbiterio, de modo que todo forme una unidad armoniosa y no impida a los fieles ver fácilmente lo que se hace  y se coloca en el altar.

También sobre el altar o junto a él  haya una cruz con la imagen de Cristo crucificado, que pueda ser bien vista por la asamblea congregada. Conviene que esta cruz, al evocar a los fieles la pasión salvadora del Señor, permanezca cerca del altar también fuera de las celebraciones litúrgicas.




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